viernes, 26 de diciembre de 2008

Todos están bajo sospecha

Todos están bajo sospecha
Benito Alberto Ucán*
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Todos están bajo sospecha. Este es el nuevo peligro, el nuevo mal, que nos abruma en el siglo XXI. La actividad intelectual y política se convirtieron en tareas policiacas. Triunfó el espíritu absoluto, pero no como lo pensó Hegel. En el mismo tenor, Pascal Bruckner, señala: “poniéndose al servicio de una visión política, la felicidad se convirtió en un instrumento infalible para la matanza”. Tiempo abominable, no sé si peor que otros tiempos.
El paso del tiempo nos ha demostrado que ningún pensamiento está exento del espíritu religioso. Monje, intelectual y revolucionario son hermanos siameses. Biblia, ilustración y Manifiesto comunista son metanarraciones de la trascendencia, laicas o religiosas, como se las quiera entender. El fin es el mismo: el “hombre nuevo” y la “tierra prometida”. El tiempo con sus males bajó a la tierra, sin Dios, como una caja de Pandora que sólo depende, única y exclusivamente, de la voluntad del hombre.
Entre la cultura judeo-cristiana y la modernidad hay una línea de continuidad. Marx fue judío, Jesucristo también lo fue. La tarea ingente para los dos fue moral: hacer el bien. Ambos promovieron y predicaron la ortopraxia. Todo esto no se puede entender sin un espíritu misionero.
El racionalismo, la ilustración, el socialismo, luchando contra la religión y Dios, a pesar suyo, se convirtieron en una religión laica; pero con una diferencia sustancial, entronizaron un Dios iracundo, como el Dios antiguo de los judíos: la ideología. Lo anterior, derivado del pensamiento racional, no tiene sino como fundamento único a la crítica, que hoy no sólo es duda, sino hipercrítica y sospecha. La ciencia no encontró la objetividad absoluta donde apoyara con firmeza los pies. La hybris ha engullido la prudencia humana. Así, la razón, no pudiendo encontrar la verdad indubitable, empezó a sospechar de sí misma e instauró un Comité de Salud Pública bajo el control de la “ira de los justos”. La pureza penetró por la puerta principal de la Historia y empezó a cobrar sus primeras víctimas a partir de 1789. En tiempos en que el dogma se apodera de los espíritus, la sospecha se propaga como arma eficaz contra los herejes. La tarea es eliminar el infiel. La nueva doctrina moderna santifica la palabra revolución como la buena nueva. Y existe el deber moral de exterminar a sus enemigos.
La nueva moral religiosa supo blindarse con los nuevos ropajes derivados de los argumentos, juicios y categorías de la razón. El nuevo dogma fue arropado por una lógica científica. Apareció una filosofía materialista omnímoda y omnisciente. Hegel decretó el fin de la Historia. Los radicales se convirtieron en los sujetos históricos de la dinámica social, carcomidos por la prisa como a Pol Pot. La nueva fe devino indubitable por el propio esfuerzo del espíritu racional. El ser humano a partir de Pablo de Tarso empezó a propagar una metacultura que inocularía a la cultura política, la historia, la cultura de masas: la ira santa de los radicales. En esta pírrica victoria podemos sintetizar la cultura de la modernidad que surgió del humanismo del siglo XVII, y de su corolario que fue el marxismo. Paradojas de la historia.
El radical, el iracundo, el violento del siglo XXI son hijos de la razón santificada. Por lo tanto, su misión histórica está más que justificada. No los podemos condenar. El radicalismo no es más que la nueva moral que hace racional y justo el uso de la violencia para conseguir el bien y la felicidad. Por decirlo de otra manera, la violencia cobró visos de normalidad cotidiana. La violencia está a punto de pasar a formar parte de los derechos universales del hombre, aunque sea una contradicción, un sin sentido aceptarla.
Actualmente, todos tenemos derecho a nuestra propia violencia. Los ejemplos sobran. Nadie se resigna a su propia suerte. La adversidad no existe. Tampoco la justicia divina. De la confianza de la modernidad, pronto, muy pronto, saltamos a la desconfianza de la postmodernidad. Se ha abierto un camino ad hoc para la queja y el descontento sistemáticos: no hay ley, autoridad, institución que valgan. El Peje es producto de todo este nihilismo racional, es más exacto decir, ultrarracional. Todos estamos bajo sospecha. Esta es la nueva moral histórica que ha contagiado al sistema educativo de nuestro país. Es el nuevo credo en una sociedad que se urge a sí misma a ser más democrática, porque confunde la democracia con la igualdad económica.
* Maestro de la Universidad Pedagógica Nacional, Campus Chilpancingo.
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Tomado de el periódico La Jornada Guerrero:

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